Segunda visita al zoológico
- Daniel Berón
- Sebastián Rosales
Algo que nos llamó mucho la atención durante la visita fue la manera en que la gente se relaciona con los animales que deambulan libremente por los senderos, especialmente las aves. Vimos cómo varios visitantes se acercaban casi instintivamente a los pájaros, algunos intentando tocarlos, otros simplemente parándose a centímetros de distancia sin ninguna intención maliciosa, solo por la emoción del momento. Y ahí está el problema: no es que la gente sea irresponsable, es que la emoción gana la partida antes de que el cerebro recuerde que existe una señal en alguna pared. En Cali hay una cultura muy particular de aprender haciendo y de conectarse con las cosas de manera física y directa, lo cual es hermoso en muchos contextos, pero en un zoológico puede estresar a los animales o incluso ponerlos en riesgo.
La solución no está en llenar el lugar de letreros que nadie va a leer. Está en rediseñar la experiencia para que el comportamiento correcto sea el más natural e intuitivo. Por ejemplo, se podrían crear marcas en el piso, círculos pintados o texturas distintas alrededor de las zonas donde los pájaros suelen caminar, que funcionen como una frontera física y psicológica sin necesidad de que nadie las lea conscientemente. Con los primates, se podría usar el humor y la narrativa: pequeñas escenas ilustradas contadas desde el punto de vista del mono, explicando cómo se siente cuando alguien lo molesta, algo que active la empatía antes que la norma. La clave es convertir el respeto por los animales en algo que se sienta, no en algo que se obedezca.
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